Jimena,
Viajé 19 horas para conectar mis dos hogares. Un tranvía, un tren, dos aviones y un carro. Todo eso para pasar, de la ciudad que me tiene totalmente obsesionada, a la casa que todavía me recarga de una forma que no he encontrado en ningún otro lugar.
Qué raro eso: construir una vida en la ciudad de mis sueños y aun así tener una sed constante de volver. No es una contradicción, creo. Es más bien la forma que tomó mi vida. Una parte de mí terminó expandiendo su mundo, aprendiendo otros ritmos, viviendo en otro idioma. Otra parte sigue necesitando volver a la casa, al chisme, al escándalo de siempre, a esa energía que no se consigue buscando en Google Maps.
Creo que por eso, cuando pienso en viajes, casi nunca pienso primero en destinos. Pienso en gente.
Pienso en quién iba en el carro, quién necesitaba orinar, quiénes íbamos cantando, quién decía que ya íbamos a llegar aunque claramente no estábamos cerca.
Puede ser porque soy hermana menor. Puede ser porque crecí con la suerte de que el escándalo de mi familia era un ingrediente incluido. Yo no tenía que buscar compañía, ni fabricar tribu, ni preguntarme con quién iba a compartir una aventura. La aventura ya venía llena de gente.
Éramos una familia de siete. Y, como si eso no fuera suficiente, estaban los primos. Tres primos más. Entonces muchas veces terminábamos siendo ocho carajillos en grupo, ocupando demasiado espacio, llenando cualquier paseo de esa energía caótica que solo pueden producir muchos chiquitos que se quieren y que todavía no saben que eso no le pasa a todo el mundo.
Y al frente de todo eso: dos mamás. Mami y la tía.
No sé en qué paseo fue, ni quién lo dijo, ni si estábamos entrando a una soda, a un hotel, a una playa, a una parada en carretera o a algún lugar donde seguramente estábamos estorbando sin darnos cuenta. Pero alguien nos vio y soltó una frase que se volvió parte de nuestra historia familiar:
“Qué montón de chiquitos para solo dos mamás.”
Estaban nombrando una fortuna. Porque sí, éramos un montón de chiquitos, con bloqueador, paños, frutas, algo de tomar, ropa extra y nuestros papás que, de alguna manera misteriosa, lograban movernos por el mundo sin que nosotros entendiéramos todo lo que eso implicaba.
Cuando una es niña, el paseo empieza cuando se sube al carro.
Una no piensa en quién revisó la ruta, quién calculó la hora, quién empacó las cosas (o los extras que saben que a alguien se le van a olvidar), quién pensó en el presupuesto, quién llevó bolsas plásticas, quién se acordó de las pastillas, quién midió el cansancio, quién pensó en qué íbamos a comer sabiendo exactamente qué no le gusta a cada uno.
Una solo se acuerda de la emoción. De convencer a los papás de que todavía no era tiempo de irse o tiempo de dormir.
Tal vez esa fue una de las primeras formas de amor que conocimos: alguien organizando el mundo lo suficiente para que nosotras pudiéramos asombrarnos.
Y ahora, las tías somos nosotras.
A cada rato pienso en eso.
Porque una pasa la vida diciendo “las tías” como si fueran una categoría fija del universo. Las tías eran ellas. Las que llegaban, las que chismeaban, las que cuidaban, las que daban de comer, las que decían «mi amor». Y ahora veo a los bebés de la familia, a mis amores, y pienso: entonces así nos veían.
Es como un viaje en el tiempo. Porque mucho ha cambiado. La vida cambió. Nosotras cambiamos. El mundo también, un poco. Ya no hablamos del cuidado como si fuera algo invisible o automático. Ya podemos decir, con más claridad, que detrás de una infancia feliz hubo trabajo. Hubo mujeres sosteniendo. Hubo adultos haciendo listas mentales mientras todos los demás jugábamos.
Y aun así, aunque ahora lo podamos nombrar mejor, hay algo que sigue siendo profundamente parecido.
Aquí estamos nosotras también. Y están las mamás y los papás de los bebés.
Planeando cosas con cariño. Pensando en la familia. Imaginando paseos. Viviendo nuestra alegría en la sonrisa de esos bebés que ya no son tan bebés. Revisando horarios, precios, rutas, entradas, cansancios, bloqueador, fruta y algo de tomar. Tratando de que otros puedan vivir esa pausa del universo en la que un día normal se vuelve recuerdo infinito.
¿Será que todo viene de lo mismo? Que detrás de toda niña que ama sus cumpleaños están una mamá o un papá o una abuela que lo hicieron especial por años. Y detrás de las personas que aman los paseos familiares está la nostalgia de envolver sus mejores recuerdos en ellos.
Creo que nuestro amor por viajar no nació solamente de querer conocer lugares. Nació de haber sido llevadas. De haber crecido en una familia donde el paseo no era solo el destino, sino el grupo completo moviéndose junto.
La playa no era solo la playa. Era ir con los primos.
El Cerro Paraguas no era solo el Cerro Paraguas. Era ir en la cajuela del pick up del tío.
El viaje no era solo salir. Era pertenecer.
Por eso, aunque ahora viva lejos, aunque haya construido una vida en una ciudad perfecta del otro lado del mundo, aunque con la misma plata que me cuesta venir podría pasear sola por 5 países más cercanos a Ámsterdam, sigo necesitando volver. Y también por eso me dan tantas ganas de que la niñez que viene en camino tenga algo de eso y más.
Aunque ya no sean tantos primos. Aunque los carros sean distintos. Aunque los paseos se planeen ahora con apps, reservas digitales y confirmaciones por correo. Tal vez la vida sea menos improvisada, o más cara, o más rápida, o con más expectativas y estrés.
Pero ojalá no se pierda esa sensación de subirse a un carro con la gente que más se quiere en el mundo y sentir que algo totalmente legendario va a pasar.
Ojalá podamos ser, de alguna forma, esas hadas madrinas que revisan todo antes para que alguien más solo tenga que recordar la aventura. Ojalá las mamás y los papás y los adultos responsables también puedan encontrar tiempo para disfrutar y descansar y dejarse llevar por el disfrute en vez de estar constantemente trabajando en todo.
Porque ahora entiendo que un paseo que parece fácil casi nunca fue fácil.
Y tal vez eso es lo que queremos seguir haciendo, Jimena. Para nuestra familia, para quienes vienen después, y también para otras personas que necesitan que alguien les ayude a abrir una pajsa bonita en medio de la vida.
Tal vez viajar siempre fue eso para nosotras.
Un lugar nuevo, sí.
Pero sobre todo, alguien diciendo: ya pensé en todo, ahora a disfrutar.
Valeria

