
Jimena,
Dentro de unas semanas llega a Ámsterdam un amigo que era mi vecino de pupitre hace casi veinte años.
Si esta visita hubiera pasado cuando teníamos veinte, probablemente habría empezado con una lista de bares y noches largas. Hoy viene con su pareja y una bebé de menos de un año. Y llevo días dándome cuenta de que la ciudad que quiero enseñarles no se parece en nada a la que habría preparado entonces.
Uno crece pensando que Ámsterdam es una sola cosa.
Para muchos es despedidas de soltero, coffeeshops, el Barrio Rojo y una ciudad donde todo se permite. Y entiendo por qué. Esa versión existe. Pero vivir aquí me enseñó que cada persona termina encontrando una ciudad completamente distinta.
Cuando alguien me pregunta por Ámsterdam, yo ya casi nunca pienso en las calles del centro llenas de tiendas de souvenirs o en esos restaurantes que se anuncian como “argentinos” solo porque venden carne.
Pienso en el amanecer reflejándose en el agua debajo de mi edificio. Pienso en el atardecer llegando exactamente a las 10 p.m. para no dejarme dormir. Pienso en ir en el tranvía a trabajar y ver edificios impresionantes por la ventana preguntándome cuántos siglos tendrán de existir, comprar un croissant recién horneado o un nuevo sándwich de pollo frito coreano. Pienso en el Rijksmuseum, donde me hicieron la multa por tener quemada una luz de la bicicleta. Pienso en los domingos infinitos en el Amsterdamse Bos y en escaparme una tarde a Muiderslot o un domingo a Kasteel de Haar para recordar que aquí un castillo puede formar parte de la rutina.
Y ahora estoy descubriendo una nueva versión de la ciudad.
Mi proyecto para las próximas dos semanas es hacer pequeños estudios de campo imaginando que ellos ya llegaron.
Quiero confirmar si el Rijksmuseum sigue siendo el único museo que recomendaría incluso a quien solo tiene un día. Quiero volver a NEMO y descubrir si vale la pena para una familia con una bebé o si el verdadero premio termina siendo la terraza sobre el edificio.
Quiero revisar la programación del teatro al aire libre del Vondelpark porque me encanta la idea de que uno de sus recuerdos de Ámsterdam sea un concierto en el zacate que encapsule en una sola cosa la magia de los picnics en verano.
Quiero cruzar otra vez a NDSM. No porque salga en todas las guías, sino porque ahí vivió Mau cuando llegó a los Países Bajos. Me da ilusión que conozcan ese pedacito de nuestra historia antes de que existiera nuestro hogar de hoy. Y amo la ruta en el ferry gratis cruzando el IJ.
Quiero reservar uno de esos botecitos de motor que se alquilan debajo de mi edificio. No un canal boat tour con audífonos y un recorrido fijo, sino un bote pequeño donde podamos decidir el camino, detenernos cuando queramos, pasar debajo de los puentes más tranquilos y conversar mientras la ciudad pasa despacio alrededor.
También quiero construir una ruta gastronómica que no podrían vivir igual en Costa Rica. Buscar el mejor roti surinamés, un rijsttafel indonesio de esos que convierten la cena en una celebración y una buena opción vietnamita. No porque sean los platos más famosos de Ámsterdam, sino porque cuentan una parte de la historia migratoria de esta ciudad que muchas veces pasa desapercibida.
Y, sobre todo, quiero caminar distinto.
Entrar a los cafés preguntándome si hay espacio para un coche de bebé. Descubrir qué rutas son realmente tranquilas para caminar sin prisa. Buscar el punto desde donde el atardecer se vea más bonito mientras una bebé duerme.
Hay una responsabilidad silenciosa cuando uno recibe a la gente que quiere.
No se trata de enseñar una ciudad.
Se trata de compartir los lugares que primero enseñaron a quererla.
Tal vez esa sea una de las cosas más bonitas de viajar. Descubrir que un mismo destino puede convertirse en cientos de ciudades distintas, dependiendo de quién es uno cuando llega… y de quién es el que lo enseña por primera vez.
Boceteando itinerarios y rutas en los mapas,
Valeria
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